EL SONIDO DE TU RITMO INTERIOR

Me tumbé en el suelo, sólo para oír crecer la hierba…y hasta mi vinieron todos los sonidos de la Tierra…

Esta es la letra de una canción, de un grupo de rock español –091– que siempre me ha gustado mucho y que he seguido en su trayectoria musical. Para mí tienen mucha fuerza, frescura y alma en sus canciones, y como creo firmemente y de corazón, en el poder sanador de la música, he querido empezar ésta pequeña reflexión con algo musical, y que nos sirva de base también y de arranque para comenzarla..

Se sabe que existe una inmensa cantidad de vida debajo de nuestros pies, debajo de la tierra, donde crecen las raíces, todo lo que nos sostiene está por debajo nuestra. Hay agua, vida animal diminuta, piedras, fósiles y conchas, por nombrar algunas cosas.

Sin embargo, y casi imperceptible a la vista, tendemos a no prestarle mucha atención a todo ésto que yace y que no vemos a simple vista. Tendemos a dejar que se nos pase desapercibido, y no nos paramos a apreciar ése sonido, que tiene la hierba al crecer, el sonido de lo que está vivo, el sostén de lo que nos nutre, nuestra base, sin la cual, caeríamos al vacío.

Se me ocurre pensar y sentir, éstos días, en los que hay una demanda importante exterior de fortaleza, valor y sostén interior, que cómo ese sonido que permanece oculto en la tierra, también podría estar dentro de nosotros, en un nivel simbólico, como seres humanos, esa fuerza interior que conduce a la vida y al crecimiento, y que muchas veces nos cuesta llegar a escucharla.

Cuando empezamos a mirar un poco hacia dentro y hacemos un pequeño viaje hacia nuestro interior- me refiero a un mirar de escucha y atención, desde el silencio y la apertura -quizás también podamos descubrir una música, un sonido, del que no éramos conscientes y que carecía de presencia hasta ahora. Aturdidos, muy llenos nuestros sentidos de todo lo que ocurre fuera, toda ésa estimulación que llega a nuestro cabeza, a nuestro cuerpo cada día y que nos colma de sonidos, sabores, preguntas y expectativas, no permite a veces que lleguemos a mirarnos y escuchar lo que yace más a dentro de nosotros.

Como comentó en una entrevista reciente el psiquiatra español residente en EEUU, Luis Rojas Marcos, acerca de la afectación psicológica de un episodio traúmatico, algunas personas, después de haber pasado y vivido algo muy fuerte en sus vidas, se han hecho más fuertes y han ganado en el conocimiento a sí mismos y han encontrado valores y capacidades que no eran conscientes que tenían.

En mi experiencia de vida, el legado de algunos de mis maestros, y en mis vivencias con algunos de mis pacientes y compañeros, he encontrado que una de las cosas que ayuda a poder conectarse y encontrar fuerza interior, tiene que ver con el poder acallar nuestros pensamientos y darnos cuenta que en muchas ocasiones, están llenos de miedo, inseguridad o ansiedad ante la incertidumbre. Estos pensamientos, en vez de ayudarnos y darnos la energía para sacar nuestro potencial y estar fuertes y disponibles para la situación demandante, nos restan y silencian de alguna forma nuestro verdadero poder inherente, bloqueando nuestra capacidad de responder de forma sana y creativa a la situación demandante. Cuanto más presentes podemos estar con lo que estemos sintiendo, más cerca estamos de lo que somos, de nuestro ser más íntimo, ése que guarda el tesoro callado y escondido.

Conectar con nosotros y escucharnos nos ayuda a darnos cuenta que somos más fuertes y que tenemos más herramientas y capacidades de las que pensábamos.

Esta actitud, implica también una clase de dejarse “ser”, un soltar o dejarse caer, un rendirse ante ésta lucha que a veces nos imponemos, de revelarnos o intentar cambiar lo que está pasando. Ante ésto sería más un ceder ante lo que somos, a lo que ya está siendo, simple y puro, y abrirnos a lo que esté brotando en ése momento en nuestro interior. Es como una clase de amor incondicional, a lo que tenga que aparecer, sólo escucha y abrazo. Las ideas y pensamientos entonces, pasan a un segundo plano, y habitamos más el momento presente.

En mi ventana se han parado éstos días atrás y siguen dándome los buenos días cada mañana, algunos pajarillos. Ellos me han recordado que a pesar de todo – de la vulnerabilidad, del peligro de estar a la intemperie, del no saber qué van a comer al día siguiente – cantan cada mañana, un canto de vida y de ALEGRÍA. Muestran su ligereza y su despreocupación ante el peligro o la incertidumbre con su canto. Además y con mucho VALOR alzan su vuelo, abren sus alas ante el cielo y se dejan estar libres, sin miedo. Estoy aprendiendo mucho de ellos éstos días, tan pequeños y tan sabios.

Sería entonces un conectarnos más con lo que nos une a la vida, lo que nos llama al corazón, lo que nos gusta hacer, lo que somos en realidad, lo que hace vibrar nuestro cuerpo y nuestro corazón. Y escucharlo. Ese creo, es nuestro verdadero ESCUDO, ante las situaciones difíciles y los momentos de gran adversidad. Eso es lo que hace arrancar nuestra fuerza y no nuestra parte débil y llena de miedos. SER LO QUE SOMOS y ponerlo al servicio de la vida. Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, fundador de la corriente de Psicología humanista conocida como Logoterapia y del Análisis Existencial, comenta en una entrevista (ver entrevista en youtube), como la experiencia en los campos de concentración y sus consecuencias, tan duras, han sacado la fortaleza y la humanidad en muchas personas, en niveles de alguna forma inimaginables, teniendo en cuenta la crudeza de las experiencias.

Entonces, podemos aprovechar este pararse del mundo, para tumbarnos en el suelo y pararnos a oír cómo crece la vida en nuestro interior….la hierba que cultivamos…y hacer de éste sonido nuestra mejor canción, NUESTRO VERDADERO ESCUDO de protección y lo que nos garantice vivir éstos momentos con más humanidad, esperanza , ánimo y valor. Y que como muchas otras personas, saquemos provecho de todo ésto y nos haga mejores SERES HUMANOS.

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